Me gusta la IA. La uso todos los días, construyo con ella, le debo media vida nueva. Así que lo que voy a decir no es de alguien que la odia. Es de alguien que la conoce por dentro.
La IA, en manos de quien no sabe lo que hace, es una bomba de relojería.
No lo digo para asustar. Lo digo porque me ha estallado a mí en la cara, al principio, cuando me creía cada cosa que me devolvía.
Lo que nadie te cuenta de “construir con IA”
La fantasía que se vende es esta: le pides a la IA lo que quieres, ella te lo hace, y ya está. Magia. Cualquiera puede montar su aplicación en un fin de semana.
La realidad es otra.
La IA te escribe código, sí. Y muchas veces está bien. Pero otras muchas se inventa funciones que no existen, con un aplomo que asusta. Te mete piezas que no encajan. Monta estructuras que parecen funcionar el primer día y que a las tres semanas no hay quien las mantenga, ni ella misma.
Y lo hace todo con la misma seguridad. Lo que está perfecto y lo que es un desastre te lo entrega con la misma cara de “toma, aquí tienes”. Si no sabes distinguir, te lo crees todo. Y ese es justo el problema.
Por qué eso es peligroso de verdad
Imagina que esto que te describo no es un juguete, sino el sistema del que depende tu empresa. La herramienta que gestiona tus pedidos, tus reservas, tus clientes.
Alguien sin criterio la monta con IA en un fin de semana. Funciona en la demo. Todos contentos. La pones a trabajar.
Y tres semanas después empieza a fallar por sitios raros. Datos que no cuadran. Cosas que se rompen sin motivo aparente. Y cuando vas a arreglarlo, descubres que por dentro es un castillo de naipes que nadie entiende, ni siquiera el que lo “construyó”, porque en realidad no lo construyó: se lo dejó hacer a la máquina sin mirar.
Eso es la bomba de relojería. Funcionó al principio. Reventó cuando ya dependías de ella.
Cómo la dirijo yo
La diferencia no está en la IA. Está en quién la lleva de la correa.
Yo no le pido a la IA que haga y me fío. Le pido, y luego reviso. Entiendo lo que me ha devuelto, lo cuestiono, tiro lo que no me convence aunque parezca que funciona. Decido yo la arquitectura, el rumbo, qué es importante y qué no. La IA pone la velocidad; el criterio lo pongo yo.
Y eso me lo da, en buena parte, haber estado veinte años en una fábrica viendo sistemas fallar. Sé oler cuándo algo va a aguantar y cuándo va a reventar el primer lunes. Eso no me lo enseñó ningún curso de IA. Me lo enseñó el suelo.
La IA es una bestia. Una herramienta increíble en manos del que sabe usarla. Y un peligro disfrazado de atajo en manos del que se cree que va sola.
Cuando alguien te ofrezca construirte algo “rápido y barato con IA”, no preguntes por la IA. Pregunta por la persona. Quién dirige, quién revisa, quién responde cuando reviente. Porque reventar, si no hay nadie al mando, revienta.
Menos confiar en la magia. Más mirar quién lleva la correa.
Sigue tirando del hilo: quién lleva la correa en del turno de noche a construir software con IA, por qué prototipo no es producto y por qué el plan de 20€ no basta para una empresa.
¿Vas a construir algo con IA y quieres a alguien que lleve la correa? Para eso estoy. Empezamos por el diagnóstico de 14 días con garantía. Si no saco mejoras medibles, te devuelvo el dinero.